Dr. Álvarez Leiva

A los ochenta: errores, legado y rumbo

Llego a los ochenta años arrastrando miles de errores, que al final son lo único que verdaderamente me ha enseñado algo que merece la pena. Nada de lo que hice bien salió a la primera. Cada cosa medianamente valiosa fue el resultado de haberla hecho mal antes, muchas veces, y a veces con sufrimiento.

Jamás elegí lo fácil. Ni siquiera cuando camino por la playa: busco las piedras, la arena suelta, las dudas, porque prefiero que cada paso cueste antes que llegar por llegar.

Todo lo que soy reposa sobre tres patas: familia, legado y gobernanza.

Y más tarde, cuando nuestras costas se llenaron de menores solos, sin nada, tocó estar ahí también, con lo aprendido, para abrirles una puerta hacia un mundo nuevo. Siempre con mucha gente empujando al lado. Siempre.

La familia ha crecido en número y en valor. Ellos llevan el proyecto por el mundo. Sus proyectos, su fuerza y su autonomía ya les pertenecen, y justamente eso era lo que yo buscaba. Uno siembra sin factura. Y luego está la otra familia: la que se formó a mi alrededor sin vínculos de sangre, pero con años de camino compartido y lealtades construidas en la dificultad. También son legado. También son vida.

¿Y se puede gobernar a los ochenta años? Gobernar es orientar. Es sostener el rumbo cuando cambia el viento. Es elegir bien las batallas que merecen la energía que queda. A los ochenta se gobierna sin necesidad de demostrar nada, y quizá esa sea la forma más lúcida de hacerlo.

¿De verdad creéis que al cumplir ochenta años se deja de soñar, de crecer, de enamorarse?

Un faro quizá deslumbra menos de cerca, pero sigue cumpliendo su misión: orienta, señala las rocas, sugiere un rumbo y deja que cada barco decida.

A los ochenta años sigo aquí.

Con errores, con memoria, con heridas, con obra hecha y con obra pendiente.

Y mientras quede horizonte, quedará también rumbo para mí.

Gracias, familia.

El desierto cambió mi vida

Un año nómada entre Smara y el cielo inmenso, con casi nada, dando vida con casi nada. Allí me llamaban El Tebib. Allí descubrí algo que solo el desierto enseña: lo infinito y lo diminuto que puede sentirse un hombre en medio de la nada. Esa sensación lo cambia todo.

La muerte de un soldado me mostró la vida, lo que tenía que aprender y lo que tenía que enseñar. Me enseñó que lo esencial y lo importante casi siempre viven lejos el uno del otro. Me enseñó que lo primero es siempre lo primero. De aquella arena nació todo lo demás.

Vinieron después los Escalones Médicos Avanzados del Ejército, los EMAT, con los que asistimos a miles de personas en crisis internacionales.

Vino después la Medicina Prehospitalaria en España, cuando casi nadie sabía todavía lo que era y los heridos llegaban en taxis, con un pañuelo blanco asomando por la ventanilla. Llegó la primera UVI móvil. Y hoy, muchos de mis alumnos son ya especialistas que sostienen el presente y empujan el futuro.

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